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«Platón fue el primero en usar las ideas para propósitos políticos, para introducir criterios absolutos en el terreno de los humanos, donde, sin tales criterios trascendentes, todo es relativo»
Hannah Arendt

LEY OLIMPIA: ¿LO VIRTUAL ES REAL?

Olimpia Coral Melo, fundadora del Frente Nacional para la Sororidad, es impulsora de la Ley Olimpia que consiste en enviar a la cárcel a quien comparta o suba a internet, videos, imágenes y audios de contenido sexual sin consentimiento de los involucrados. Esto, a raíz de una experiencia vivida años atrás de ciberacoso por la difusión de un video sexual de ella.

En su portal de internet defensorasdigitales.org brindan orientación y capacitación para ofrecer espacios seguros en internet en escuelas, instituciones públicas y privadas. Afirma que la vida virtual afecta a la vida real, que el espacio offline no es ajeno al espacio online, pues este último es causa de toda una lista de padecimientos emocionales, de exclusión, rechazo y desadaptación social que orillan a las sobrevivientes del ciberacoso «al abandono del espacio digital y las consecuencias afectan sus entornos offline como escuela, la familia, el trabajo o sus relaciones públicas». Asegura que lo «Virtual» es real y busca visibilizar la violencia digital con perspectiva de género.

Pero no sólo las mujeres sufren ciberacoso. Según datos de INEGI en 2017 realizadas a través del Módulo sobre Ciberespacio (MOCIBA), más de 10.3 millones de usuarios declararon haber vivido alguna situación de acoso cibernético, con más presencia en el rango de los 12 a 19 años y de los 20 a los 29 años. De los cuales, 5.4 millones corresponde a mujeres, mientras que 4.9 millones corresponde a hombres. El promedio de horas diarias de uso de internet en las mujeres es de 5.05 y 4.85 los hombres. A diferencia de defensorasdigitales.org que aseguran que los mexicanos pasan 8 horas diarias conectados a internet.

¿Lo Virtual es real?

Para Slavoj Žižek, filósofo y sociólogo sloveno, lo «Virtual»  es lo que vemos en la pantalla de la interfaz que crea una falsa impresión de «profundidad», y  en la que nos movemos libremente. Pero tan pronto cruzamos su umbral y vemos detrás de la pantalla, no encontramos más que una incomprensible maquinaria digital.

Afirma que la imitación imita un modelo real preexistente; mientras que la realidad virtual no imita la realidad, la simula a base de generar una semblanza de realidad inexistente. El término virtualidad no es más que una realidad fantasmal que percibimos en la pantalla de la interfaz y a la pura computación (lenguaje de programación).

Así, la tecnología moderna era «transparente» debido a que era posible comprender «cómo funcionaba la máquina», incluso reconstruirla racionalmente. Por el contrario, la posmodernidad supone un ocultamiento del funcionamiento de la interfaz que se vuelve impenetrable, incluso invisible. El usuario renuncia a la tarea de comprender el funcionamiento del ordenador.

Para quienes nacen en la revolución tecnológica les es difícil discernir entre la vida virtual y la vida real. Sin un punto ciego que le genere una imaginaria mental que sostenga las apariencias de lo real, creen en las sombras, en los perfiles de la pantalla, no dudan que la vida virtual le afecta y le asignan un valor indispensable demandando espacios seguros, cercando el espacio intangible para asegurar su integridad de cristal en el marco de la ignorancia. Para Slavoj, el universo posmoderno es el universo de la confianza ingenua en la pantalla que vuelve irrelevante cualquier examen detrás de ella, donde la verdad tiene una estructura de ficción.

En la suspensión de la realidad, ¿es correcto pensar el espacio virtual, ilusorio, como algo real? En lo referente a la Ley Olimpia, ¿qué estamos reformando, lo real o lo ficticio? ¿Cuáles son los retos políticos de actuar en un espacio donde las identidades se cubren con mascaras en distintos perfiles? En lugar de entregarnos al oscurantismo ideológico de violencia digital, ¿no sería mejor comenzar a estudiar el modo en que la informatización afecta al horizonte interpretativo de nuestra experiencia cotidiana? ¿No es acaso esta fragilidad de nuestro «estado emocional» el pago de nuestra ignorancia?

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